Viendo este monólogo de Berlín, personaje de La Casa de Papel (ya escribiré sobre esta serie), recordé una historia sobre el valor del tiempo. Hace unos años iba caminando por Las Ramblas de Barcelona, era una tarde soleada y buscaba una cafetería para poder tomarme un cortado y leer algún diario.

Paseando, iba mirando los escaparates de las tiendas de todo tipo que hay en esa zona maravillosa de la Ciudad Condal, cuando mi vista se fijó en un local que vendía de todo y de nada, pero una de las cosas que me llamó la atención fue uno de estos cartelitos que se cuelgan en las paredes con frases célebres, y que decía… “la única diferencia entre un condenado a muerte y tú, es que él sabe la fecha”.

¡Vaya! Me dije, en ese momento decidí sentarme en una terraza y reflexionar sobre lo que acababa de leer.

Aunque pueda parecer duro, la frase tenía sentido, todos estamos condenados a morir, pero la cuestión que rondaba en mi cabeza era si es positivo o negativo saber la fecha.

Personalmente me gusta realizar un ejercicio sobre este tipo de afirmaciones y es ponerme en el límite de la situación. Digamos por un momento que todos sabemos que nos vamos a morir el día que cumplimos 80 años, ¿qué sucedería?, ¿cuál sería nuestro comportamiento durante nuestras vidas?. Mi opinión es que durante muchos años valoraríamos más el tiempo, y lo aprovecharíamos más pero el problema vendría cuando nos acercáramos a esa fatídica fecha, seguramente nuestro comportamiento sería, por decir lo menos, irracional, realizando cosas que no haríamos en una situación de incertidumbre al respecto. Por tanto, creo que reinaría el caos en la gente adulta mayor al verse con muy poco tiempo restante.

Pongámonos en el otro extremo, no es que no sabemos cuándo vamos a morir, sino que conseguimos la inmortalidad, es decir, no tenemos fecha de expiración. Creo que todavía sería peor, el lema de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, se convertiría “no hagas nada hoy porque tienes la eternidad por delante”. Básicamente, no estudiaríamos, el matrimonio no tendría sentido, ya que nadie es capaz de pasar la eternidad con una sola persona (o al menos sería extremadamente difícil), se agotarían los recursos, trabajaríamos siempre. En definitiva, sería un infierno terrenal.

Mi conclusión al analizar todo esto, es que es positivo que no sepamos cuándo vamos a dejar este mundo, pero que debemos recordar a menudo que estamos condenados a morir y que el tiempo sigue siendo el bien más valioso que tenemos. Hacer este ejercicio, nos ayuda a no olvidar que debemos “vivir”, tal como lo dice Berlín en el vídeo.

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